Puntos Culturales y Tecnológicos Comunitarios

By | junio 27, 2014

La innovación ha llegado para quedarse. Es el nuevo Zeitgeist, al que todos sucumben, como alguna vez lo fue el cristianismo en la conquista de las Américas. Se la puede encontrar por igual en las agendas de: organismos internacionales, gobiernos, universidades y en toda clase de grupos de investigación en diversas partes del mundo. Posiblemente se trate de un nuevo discurso reciclado de “desarrollo”, incluso para disfrazar los acalorados debates que el mismo ha generado, particularmente en Latinoamérica. No obstante, la forma en la que está siendo promovida, siguiendo modelos analíticos del “norte global”, siguen estando muy lejos de producir los resultados predicados para el “sur global”. Los beneficios aún se concentran en pocas manos. Una de las causas de esto es, paradójicamente, la escasa “innovación” en el diseño de instrumentos. Es decir faltan instrumentos más inclusivos, que consideren actores más allá de las empresas u organismos públicos, y temáticas fuera de las delineadas por consultoras y organismos internacionales. Lamentablemente, la aplicación de ideas y marcos analíticos “fuera de lugar” a la Schwartz, sigue siendo la regla.

 

GilbertoGil

Gilberto Gil, ex ministro de Cultura de Brasil


Pero… más allá de las recetas estándar,
¿qué es lo que se puede hacer para responder de una forma “creativa” y verdaderamente “innovadora” en el contexto local para conectar innovación con temáticas sociales. Mis recientes trabajos de campo en Argentina y Brasil me llevan a sostener que en el área cultural Latinoamericana es donde se pueden encontrar algunas de las innovaciones en términos de política en los últimos 10 años. Políticas que se podrían articular y enriquecer mutuamente con las de ciencia, tecnología e innovación. Una de estas experiencias es el programa cultura viva de Brasil. Una iniciativa que comenzó en 2004 con Gilberto Gil a cargo del Ministerio de Cultura, y que tuvo como idea central apoyar organizaciones de la sociedad civil que ya realizaban proyectos culturales de diversa índole. Como por ejemplo iniciativas de pueblos indigenas, de comunidades afro-descendientes como Povos de Terreiro, o de las periferias de los centros urbanos de Brasil. Más allá de otorgarles un pequeño financiamiento, se las reconoció oficialmente como puntos de cultura, y se les distribuyó un kit multimedia (algunas PCs, con cámaras y software libre) para que pueden sistematizar y esparcir por Internet sus producciones. Esto fue de la mano con la introducción de políticas de “cultura digital”.


¿En qué ayudó esta iniciativa?

 

1) en distribuir recursos para actividades culturales fuera del eje San Pablo – Rio de Janeiro;

2) en democratizar la producción cultural al incluir a otros actores previamente ignorados por la política pública;

3) para iniciar procesos de descentralización administrativa, al ceder parte de la gestión de la iniciativa a provincias y municipios.

 

Si bien el programa no ha estado exento de conflictos, la idea ya se expandió a varios otros países, entre ellos: Argentina y Perú. Inclusive inspiró un movimiento regional para reconocer y defender la diversidad de expresiones y de culturas del continente (sí, con plural). Algo que aún es más importante en países que viven principalmente del “pasado perdido Europeo” y que aún no logran diseñar imaginarios sociales latinoamericanos.

 

Cultura digital; inclusión; ciencia, tecnología e innovación; son todas palabras clave que afloran en varios de los discursos políticos en la región, pero muchas veces desconectadas entre sí. Justamente pienso que existe un terreno fértil de acción si se combina la experiencia exitosa en el área cultural con la difusión de conocimientos de cultura digital y de diversas áreas científicas y tecnológicas. Esto a su vez puede empezar a generar marcos analíticos propios de la región para la CTI. Por ponerle un nombre, e inspirado en la experiencia brasilera, bautizaré con el nombre de Puntos Culturales y Tecnológicos Comunitarios a los espacios en organizaciones como: clubes, talleres en escuelas (pero por fuera de planes de estudios dogmáticos), cooperativas, asociaciones, laboratorios de I+D, entre otras, que impulsadas por el Estado puedan abrir y sostener proyectos orientados por los siguientes principios:

 

a) Autonomía: en el sentido de que las organizaciones definen en qué tipo de proyectos trabajar.

b) Descentralización: apoyar experiencias de diversas organizaciones no gubernamentales, por fuera de las influencias del Estado y repartidas regionalmente a fin de reducir la concentración de recursos sólo en grandes centros urbanos.

c) Experimentación: esencial probar cosas nuevas, sin miedo a los fracasos ni a los estigmas.

d) Creación colectiva y bienes comunes: incentivar procesos de creación grupales y promover el acceso al conocimiento al instituir bienes comunes.

e) Creación de redes: se tejerían redes entre las organizaciones para intercambiar experiencias y conocimientos.

 

Tal como está sucediendo con los puntos de cultura, el área del conocimiento se podría ver ampliamente enriquecida si se promovieran redes de este tipo de laboratorios comunitarios y populares de conocimiento. Así se quebraría con los laboratorios al estilo torres de Babel, donde pocos entran tras pasar por largos procesos de educación, que muchas veces entumecen a las mentes más creativas de las nuevas generaciones. Cabe resaltar que esta experiencia se diferencia de aquellas políticas de inclusión digital, como la distribución de netbooks o iniciativas estatales para difundir conocimientos de programación. Si bien son políticas que cubren ciertos déficits, no dejan de ser formas fordistas de intervención, de “arriba hacia abajo”, que no están linkeadas en absoluto con la realidad del mundo digital. Tal como señala Levy en su libro sobre cibercultura, una de las características centrales de la misma es la interacción de muchos entre muchos, el flujo de información en diversos “espacios” (físicos y virtuales). Pero estas iniciativas aún recurren solamente a las escuelas como lugares de formación. Espacios educativos que tal como están diseñados, son los menos indicados para generar este tipo de aprendizajes en red. Pues arrastran la lógica autoritaria de transmisión de conocimientos, cuando en muchos casos en temas digitales el aprendizaje ocurre en grupo, con los alumnos experimentando y muchas veces ensenándole al propio “maestro”. Debido a estas falencias, y a la buena recepción de los puntos de cultura por parte de diversas organizaciones sociales, no parecería descabellado incentivar puntos culturales y tecnológicos comunitarios como espacios diferentes, populares y complementarios de formación.

A modo de ejemplo, algunas de las actividades que se podrían realizar en ellos son:

 

- prácticas de programación

– digitalización de prácticas culturales (fotografia, video, etc.). Acá no hay que perder de vista la creciente mediatización de la sociedad

– Taller de experimentos científicos en diversas ramas del conocimiento

hacklabs: como espacios donde se aprendan practicas de “Hágalo Usted Mismo” (HUM o DIY por sus siglas en inglés). Esto incluye conocimientos sobre open hardware y software

– concientización sobre nuestras “vidas digitales”

– impresiones 3d

– entre otros varios temas que se interconecten con el mundo digital.

 

En los diez últimos años poner en la agenda política a la generación de conocimiento sin duda ha sido un logro de varios gobiernos de la región. Expandirla para incluir las demandas de diversos actores sociales y de culturas, a fin de construir políticas de innovación propias, es uno de los siguientes y principales desafíos. El nexo propuesto entre cultura y ciencia y tecnología es una provocación. Pues lamentablemente aún en los modelos mentales de gran parte de la clase política latinoamericana, y principalmente en los practicantes de la ciencia maldita, abunda el preconcepto de que “la cultura no importa para el desarrollo económico”. Nada más lejos de la realidad, dado el creciente valor que lo intangible y lo simbólico tienen en el capitalismo contemporáneo. Importancia que sólo parece que aumentará en la transición hacia “sociedades del conocimiento”. Por ende, promover la cultura digital, la creación de tecnologías sociales y de prácticas en sintonía con esta época es una condición indispensable para los países de Latinoamérica. Desde una iniciativa de abajo hacia arriba y descentralizada, se podrían empezar a promover dichas prácticas, que verdaderamente democraticen las tecnologías y los conocimientos, de forma tal que incluyan más actores y prácticas experimentales. Una idea al menos a sopesar para iniciar una cultura científica y tecnológica, popular y comunitaria Latinoamericana.

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